Este es el origen de las calaveras del Día de Muertos

Por  Staff Puebla On Line | Publicado el 25-10-2021

Es sorprendente cuando las costumbres, las tradiciones o lo aparentemente obvio dan una vuelta repentina: las sorpresas nos encuentran en el umbral de una pregunta. El altar de la ofrenda, adornado con cempasúchil, calaveritas de azúcar o chocolate, perfumado con velas, olor a deliciosa comida, y el silencio nostálgico de la memoria tiene un origen prehispánico que no siempre es mencionado. Uno de los ancestros de esta tradición mexicana es el tzompantli: un monumento que horrorizó a los españoles, y causó devoción entre los aztecas.

El tzompantli (cuya etimología es tzontli “cráneo” y pantli “hilera”, que en conjunto significa “hilera de cráneos”) era una ofrenda mortuoria en la que se empalaban las cabezas o cráneos de guerreros vencidos en honor a las deidades del México prehispánico. Este monumento recibe una influencia prehispánica en las festividades de noviembre, en específico para la iconología de las calaveras de la ofrenda.

Los conquistadores quedaron mortificados e impresionados por los terribles monumentos erigidos por los aztecas en conmemoración de sus dioses. Su mirada europea y occidental comprendía sólo el significado bélico de éste: la intimidación. Los españoles no comprendían el panteón mesoamericano y la necesidad de tangibles ofrendas rituales. Ellos veían con ojos católicos las costumbres aztecas.

Para ellos, era una barbaridad cruel derramar sangre inocente, cuándo el precio de sus pecados y sus vidas ya había sido pagado por el dios de su religión católica. Además, de ser a todas luces una práctica mortuoria brutal que iba en contra de la civilidad a la que estaban acostumbrados.

Alfonso Caso, hablando acerca de los aztecas, nos presenta una idea de partida para entender este terrible y asombroso monumento: “temer y amar, es decir, adorar”. Y continuaría este autor, “El hombre ha sido creado por el sacrificio de los dioses y debe corresponder ofreciéndoles su propia sangre”[3].

Entonces, teniendo estos principios en cuenta, el tzompantli no era un monumento sólo de motivos bélicos. Las cabezas o cráneos ahí dispuestos eran el cuerpo deificado[4], una suerte de representación del dios en cuestión, una ofrenda por la cual se devuelve un sagrado favor: la vida.

Dependiendo de la deidad a la que era ofrendado el sacrificio era el tipo de persona que iba a ser sacrificada. Por ejemplo, para la diosa Chicomecoátl (de la vegetación) el sacrificio era de una mujer joven. Esto era para hacer la comparativa de la cabeza (representando a la diosa) con una mazorca de maíz.[5]

Aunque el tzompantli era un monumento con algunos caracteres religiosos, durante la conquista pudo haber sido usado como intimidación. Un ejemplo sería una crónica de Cortés: “(…) y llegamos a una torre pequeña de sus ídolos, y en ella hallamos ciertas cabezas de los cristianos que nos habían muerto, que nos pusieron harta lástima”[6].

Este monumento era una suerte de sede cívico-religiosa para mantener vivo el pensamiento prehispánico de temor y adoración a los dioses. Puesto muy en carne propia de quienes temían y adoraban a los dioses. Para la mirada occidental (la nuestra) esto puede parecer inconcebible e insoportable. El mundo prehispánico quedó relegado a la historia desde hace más de 300 años. Sin embargo, hasta la actualidad, quedan reminiscencias de esta tradición prehispánica. Aquí es donde el lector puede resolver su duda y quedar más tranquilo con las calaveras de azúcar que, muy plácidos, nos encanta ver en las ofrendas.

El Día de Muertos coincide con el Día de los Fieles Difuntos y de todos los Santos. No es una casualidad. Desde la caída de México-Tenochtitlan, los colonizadores intentaron de todo para erradicar las prácticas, costumbres y tradiciones mesoamericanas. Eso incluye una amplia gama de actividades, entre ellas, el tzompantli. No obstante, a pesar de su exhaustivo y cruel intento de erradicarlas, rescoldos de viejos pensamientos quedaron arraigados hasta nuestros días.

El tzompantli era un monumento cívico-religioso, a veces como intimidación, pero indudablemente de memoria y ofrenda. Por su propia naturaleza, tenía que ser visto de otra forma, los colonizadores no podían veían más que horror en aquel monumento. Tajantemente el tzompantli fue removido de su esencia mística y dejado sólo como monumento de castigo.

Después de eso, en la época virreinal, un monumento de este tipo era impensable. Lo que quedó del tzompantli era la idea del cráneo venerado, una extensión de la muerte a la cual rendirle memoria y ofrenda. La influencia española transformó forzosamente la imagen del monumento, pero no se pudo disolver fácilmente el significado detrás de aquella imagen.

Con o sin monumento, lo que quedó fue el respeto insondable a las deidades en representación de un cráneo, vehículo de ofrenda para recordar el favor de los dioses. Las calaveras de hueso fueron cambiadas por unas de chocolate y azúcar. La bestialidad se cambió por memoria, la adoración por dulce nostalgia, se cambiaron las deidades por nuestros queridos difuntos.

Fuente: Muy Interesante

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