Cine: Belfast, esto opinan los críticos

Por  Staff Puebla On Line | Publicado el 14-03-2022

Resulta casi irresistible comparar una película como Belfast con otra de similar índole como Roma de Alfonso Cuarón. Ambas comparten ese sentimiento nostálgico que recuerda el pasado como si se tratase de un desfile de postales en blanco y negro. Pero, sobre todo, son similares al retratar de fondo los conflictos sociopolíticos de su contexto histórico. No obstante, en donde ambas encuentran una gran diferencia es en la forma de contar sus historias. Mientras que la mexicana es cruda, realista y reconstruye el pasado con un perfeccionismo milimétrico, la segunda casi bebe del realismo mágico, un movimiento artístico (sobre todo pictórico) que adorna la verdad. En este caso la ilustración de una infancia. 

Casi vista y contada desde los ojos de un infante, es como la película de Kenneth Branagh presenta a la Belfast de 1969. La cinta apertura con un niño de nueve años llamado Buddy (Jude Hill) que pasa las tardes jugando con los vecinos de su cuadra. Todo parece ir relativamente bien hasta que bombas molotov, autos incendiados y gritos invaden su calle ante sus atónitos ojos. Los fanáticos religiosos protestantes asestan así un mensaje: no están dispuestos a compartir el barrio con católicos. 

Los conflictos de una turbulenta Irlanda del Norte durante finales de los años sesenta, enmarcan los recuerdos de infancia de su director. Si bien en su mayoría todos los hechos vividos por un Branagh menor de diez son contados con exactitud, la mirada resulta fiel a la impresión que el cineasta tuvo durante aquel momento de su vida. Por ello el conflicto que viven los padres de Buddy (Jamie Dornan y Catriona Balfe) sobre si quedarse en su tierra natal o cruzar el mar rumbo a territorio inglés para escapar de las revueltas religiosas, alcanzan al menor con miedo y frustración, en lugar de como una solución. 

El padre debe ausentarse por temporadas prolongadas para atender sus asuntos laborales en la isla británica. Su regreso a casa siempre es motivo de celebración para Buddy. Su llegada es enmarcada por la cámara como si se tratara de un superhéroe. Aunque lo es en cierta forma, son los ojos del menor los que potencian dicha sensación. Y son precisamente las impresiones de un niño de nueve años las que pueblan cada una de las escenas y los momentos de la historia.

La fotografía de Haris Zambarloukos es cómplice de ello. Sus imágenes en blanco y negro juegan varios motivos narrativos. Lo natural sería pensar que los colores anuncian pasado y nostalgia. Pero sobre todo funcionan para remarcar el escenario de un barrio que habla de una clase social obrera. Los encuadres ubican a los personajes desde perspectivas que resultan impresionables si se les entiende desde los ojos de Buddy. Así Jamie Dornan es capturado desde abajo para dotarlo de grandeza y fortaleza. O Caitriona Balfe es retratada por la lente con una belleza inaudita que sólo es entendida por un niño enamorado de su madre. 

En dicho juego de perspectivas también los abuelos del menor son parte. Pero sobre todo son estos dos los que resultan los personajes más entrañables porque desprenden ese dejo de complicidad y afinidad que tienen con el nieto. Sus padres son retratados en la película como héroes inalcanzables, pero sus abuelos son en realidad sus confidentes y mejores amigos. Desde luego las actuaciones de Ciarán Hinds y Judi Dench son fundamentales. No resulta extraño que ambos fueran nominados al Óscar cuando sus intervenciones son tan cálidas y entrañables, y los mejores diálogos salen de sus bocas. 

La cámara también hace a bien retratar los espacios con belleza y amplios encuadres. Con belleza para resaltar cómo ante la mirada de un niño, su calle, su hogar y el camino a su escuela jamás podrá ser desagradable. Los encuadres abiertos hacen que cada salón de clases, cada sala de cine o habitación comunitaria de hospital público se vean más grandes e impresionables de lo que son en realidad. 

Así Belfast es una película que escapa de la objetividad absoluta y enamora al espectador con nostalgia y una sensación de calidez. A pesar de las muchas secuencias de revueltas, de peleas entre los padres, o de la pérdida de seres queridos, pesan más otros recuerdos. Las tardes frente a la televisión con Star Trek; las visitas al cine en donde parecía que la magia traspasaba la pantalla; las reuniones familiares en los patios traseros; o incluso el primer pinchazo del amor entre pupitres escolares. 

Kenneth Branagh entrega con Belfast quizás su película más madura. Ya mencionamos en el texto dedicado a otra de sus películas –Muerte en el Nilo (2022)- que su cine se caracteriza por las convenciones narrativas y su apego al manual. Lo anterior no es algo malo. Ha funcionado a lo largo de su carrera con cintas que transpiran esa corriente romántica, casi shakesperiana que se apega a una formalidad cinematográfica tan funcional como exitosa. 

No obstante, con Belfast Branagh se sale del camino. Ese sentimiento romance es exponencial, pero vanguardista al mismo tiempo. Por primera vez se arriesga y juega con distintos matices que hacen de la obra algo más atractivo. Por ejemplo, en lugar de una gran banda sonora de orquesta, compuesta por su fiel Patrick Doyle, el filme obtiene una colección de éxitos de la época. Sobre todo canciones de Van Morrison, un cantante nacido también en Belfast cuyos éxitos han sido acompañantes de generaciones. 

Pero sobre todo el director toca todas las teclas correctas con Belfast, porque se trata de una película conmovedora. Una que enamora a su audiencia con trucos más sencillos y sinceros. Desde el retrato de experiencias que sin importar la época, resultan universales para cualquier espectador en cualquier parte del mundo. A pesar de que este filme no encuentra la quintaesencia perdida del cine, sí es un trabajo cálido y tierno con el que es casi imposible no rendirse. A nadie deberá extrañar que resulte la gran ganadora de la próxima entrega de los Óscar.

Fuente: Cinepremiere/ Luis Ángel H. Mora

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