Ignacio Juárez Galindo
A Francisco Juárez, en este momento de dolor
Más allá de la discusión que existe sobre la cerrada competencia electoral e independientemente de los resultados que arroje la jornada del 4 de julio, en el espectro del poder en Puebla existen por lo menos tres sectores que serán sine quo non para garantizar la gobernabilidad de la próxima administración: El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y el hoy gobernador Mario Marín Torres.
Gane quien gane en la contienda electoral, el gobernador electo requiere de estas tres instituciones para negociar, pactar y dar cauce a la siguiente administración, al menos en términos de gobernabilidad y certidumbre hacia la ciudadanía. Confrontarse con ellos representaría comenzar con el pie izquierdo y avizoraría un escenario de pugnas que a nadie conviene.
Veamos:
En el caso del SNTE, a pesar de que puedan tener un resultado adverso en la elección, es decir, que su candidato Rafael Moreno Valle Rosas no gane en las urnas, el nuevo mandatario tendrá forzosamente que entrar a un proceso de negociación para establecer las relaciones en un sector prioritario como es la educación y cuyo control presupuestario, político y de política pública debe forzosamente contar con el aval de los pupilos de la sempiterna líder Elba Esther Gordillo Morales.
Gane o pierda la coalición Compromiso por Puebla, los maestros demostraron en esta elección el músculo que desde hace años no se veía no sólo en la operación política electoral sino también en el control que tienen sobre sus bases. De hecho, esta elección sirvió para que los dirigentes de las secciones 23 y 51, sobre todo la primera, fortaleciera su liderazgo y borrara de una vez por todas las heridas que dejó el movimiento disidente que fue impulsado desde el gobierno del estado y los asoló durante más de un año.
La competencia electoral permitió que los dirigentes seccionales y los mandos intermedios volvieran a la base, ensalzaran el discurso de la unidad y encarrilaran el proceso de decantación de los líderes que no son leales al sindicato. Es más, este proceso electoral ayudó para que la operación cicatriz que venía tejiéndose en todas las regiones de la entidad surtiera los efectos deseados y ayudara a consolidar los liderazgos.
Respecto a la BUAP, es una institución que, a diferencia de otros sectores, goza de un amplio respeto y confianza social no sólo por ser el centro para la formación de profesionistas sino también por su importancia y trascendencia en la vida de la entidad.
Estudios recientes dan cuenta que la universidad pública es para los mexicanos, una de las instituciones con mayores índices de confianza y uno de los últimos reductos vigentes para impulsar un cambio en el país.
La BUAP, sin temor a equivocarme, es una de las principales instituciones en el proceso de transformación de la entidad y en contribuir a la mejora en la calidad de vida de los poblanos. La Universidad es, en un amplio sentido, factor de gobernabilidad, pilar del desarrollo y cimiento de un proyecto nación.
Y a eso se suma que la gestión del rector Enrique Agüera Ibáñez ha sido fundamental para colocarla en el plano nacional e internacional como una universidad moderna y prestigiada no sólo por sus logros académicos sino por su compromiso social.
Quien gane la elección tendrá como una obligación política y de certidumbre para su gestión tender los lazos de comunicación y trabajo indispensables para seguir adelante. Dejar de lado o minimizar el papel de la universidad sería no sólo un acto de soberbia y arrogancia, representaría la ausencia total de criterio en la construcción de la gobernabilidad que requerirá el nuevo gobierno estatal.
Finalmente en el caso del actual gobernador de Puebla, Mario Marín Torres, la situación se antoja harto interesante. En caso del triunfo de la oposición, estaríamos ante un hecho inédito en la historia de Puebla no sólo porque durante seis meses tendríamos a dos gobernadores: uno en turno y otro electo que no son del mismo partido ni comparten la misma visión sobre el ejercicio del poder y la política pública.
En una confrontación, el más afectado en un inicio sería el mandatario electo debido a que su antecesor le podría dejar una camisa de fuerza presupuestal, así como los enroques necesarios en los poderes Judicial y Legislativo que lo obligarían a pasar un primer año de gobierno lleno de obstáculos y piedras, algunas de ellas insalvables.
Asimismo, un escenario de confrontación sumiría a la entidad en la incertidumbre y podría propiciar que el nuevo gobernante sufriera los efectos negativos de respaldo y aprobación de los ciudadanos. De hecho, en una transición es indispensable tejer los puentes de comunicación necesarios para llevar todo a feliz puerto.
Por si eso fuera poco, a pesar de una posible derrota, el grupo marinista y el poder que tiene tras de sí no desaparecería de un día para otro, de ahí que puede ser el peor enemigo que tenga enfrente. Los marinistas, lo sabemos en el círculo rojo, llegaron para quedarse aunque eso signifique remar a contracorriente y para eso están sumamente preparados.
Obviamente, si el resultado de la jornada electoral es favorable para el PRI la continuidad del régimen será tersa, aunque no libre de exabruptos, los acomodos, estira y afloja naturales del poder. Sin embargo, la buena relación y la necesidad de amalgamar proyectos son vitales para dar rumbo a la entidad.
Un elemento adicional a estos tres sectores sería el de Enrique Doger Guerrero. Independiente de si el PRI o el PAN tienen la mayoría del Congreso local, y más aún en un ejercicio de concertacesión para sumar la mayoría, el ex alcalde de Puebla representa una fuerza política dura de roer sino existen los pactos y negociaciones necesarios para tenerlo como aliado.
Su propia beligerancia lo ha convertido en un factor que no puede dejarse de lado y, hábil como es para adecuarse a las coyunturas, puede ser el mejor o el peor aliado, máxime cuando sigue empeñado en construir su propio proyecto político.
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